domingo, 20 de marzo de 2016

Contradicciones

Escribo esta entrada camino a casa a 300km/h después de una intensa semana de trabajo en Barcelona. Ha sido una semana de sensaciones encontradas, de contradicciones en esta, a ratos, fascinante ciudad.

Nada más bajarme del AVE y coger el metro hacia mi hotel en la Calle de la República Argentina la sensación no pudo ser peor. ¿Y estos son los que claman no ser españoles? Joder, ¡son más chonis que los de Parla! - fue lo primero que pensé al entrar en un vagón de metro abarrotado donde sentía como las miradas escudriñaban cada centímetro de mi vestimenta. ¡Menuda decepción de ciudad! Sin embargo, la cosas fueron mejorando, miqueta a miqueta. Dí con José María y Berta, el matrimonio que regente el bar VirCar cerca de la calle Bertrán. Allí fui a parar de casualidad para tomar un café y encontré mi casa de acogida en esta ciudad. Durante toda la semana me dieron de comer a cuerpo de rey la comida casera de Berta, en un bar que no tienen más de cuatro mesas. Charlamos de lo humano y lo divino y me sentí como en casa; más aún cuando les comenté mis raíces charnegas. Tú de charnego nada chato – me dijo Berta; ¡tú eres catalán! Al final, compartimos las confidencias de sus nietos y la vida de mis padres en Sant Idelfons. Más que recomendable hacer una parada en este bar para comer bien por poco precio y sobre todo, para tomar el pulso de la realidad barcelonesa, de esa Barcelona que, por desgracia, no sale en los medios de comunicación.

Pero Barcelona, que quizás en algún momento aspiraba a ser la New York del Mediterráneo, tiene un aire italiano por los cuatros costados para lo bueno y para lo malo. Y lo siento Barcelona, pero aquello no es New York, ni Sydney, ni siquiera si me apuran, Bruselas. La gente del curso que he tenido han sido los más peleones y folloneros con pullas constantes al son del pulso político de esta sociedad. Te morirás siendo español - le espetó uno de mis alumnos a otro de ideas independentistas. Eso que te crees tú, españolista - le contestó el otro. Eso siempre dentro del cariño según me contaron. Sonrisas de satisfacción y de cabreo de unos y otros cuando pronunciaba la palabra España, ¿y cómo quieren qué me refiera?, para referirme al país en el que vivimos. Y yo me pregunto, ¿no es cansado vivir así 24h al día? Hay algo de enfermo cuando en una sociedad uno no puede decir lo que piensa libremente. Y hay algo de enfermo en una ciudad donde paseando por sus calles uno puede encontrarse con la Calle del Cairo o la calle Giuseppe Verdi, pero ninguna mención a Unamuno o Ramón y Cajal, genios universales de ese Mordor particular que para ellos es el resto España.

Luego vendrían los pasesos bien largos por la ciudad para estirar las piernas, desde el Tibidabo, hasta la Barceloneta; pasando por todos los monumentos importantes de la ciudad, incluido el interior de la Sagrada Familia. Otro ejemplo de contradicción. Uno entra en el interior y más que una iglesia, parece DisneyWorld, con ascensores ultramodernos, teles (en catalán e inglés solo) y menciones a la concordia entre los pueblos y las lenguas del mundo, cuando ahí mismo la mitad de la población no puede estudiar en su lengua materna. Personalmente, hubiera dejado la fachada original de Gaudí como tributo a ese genio universal que parió esta ciudad, aunque ello supusiera que quizás no vinieran tantos chinitos de allende de los mares a visitarla.

Para terminar no dejé de visitar las calles que vieron dar mis primeros pasos en este mundo. Cornellá no será Sydney, ni Nueva York, ni siquiera atraerá a ningún turista, pero es probablemente la visita más emocionante que he hecho en mi vida. Punto. Así de simple. Pasear por esas calles, por las que me sentía en casa, e imaginarme el yo que pudiera haber sido me ponía los pelos de punta. Me pateé bien el municipio y me gustó imaginar, o quizás autoengañarme de, que igual no sería muy diferente de lo que soy hoy. ¡Qué emocionante fue aquello! De lo mejor que he hecho en mi vida. ¡Sin duda!

Barcelona, me he sentido como en casa esta semana. No necesitaba mirar un plano para saber por donde iba, todo tenía un sabor familiar. Gente como José Mari y Berta bien se encargaron de ello. Me acordaré de ellos siempre que alguien diga algo malo de la gente que allí habita, como esa señora en el tranvía de Parla que se cagaba en la madre de los catalinos. Hay algo que chirría en esta foto de la sociedad española; algo que me dice que mi sitio está lejos aquí. Quizás me muera aquí, pero me niego a ser así, y perdónenme el lenguaje, de mierda. Seguiré siendo siempre un pobre marciano por las calles de Madrid y Barcelona.

Os quiero familia.
Marta y Jorge.


Salida de Parla, Madrid, camino de Barcelona con las indicaciones en castellano/catalán. Como lo vea el Astut le da un pasmo.


La Clínica Delfos en la Avenida del Hospital Militar de Barcelona, donde vine al mundo




 El 13 de la Avenida de la Línea Eléctrica de Cornellá de Llobregat. En la foto el 2ºC, el piso donde dí mis primeros pasos en este mundo. Piel de gallina solo de recordarlo.


Entrada en la Línea Eléctrica, con los nuevos edificios a la derecha y el Nº13 al fondo.


El comienzo de la calle Joan Maragall, al lado de la estación de Cercanías de Cornellá, donde vivieron mis padres con Rubén antes de que yo naciera.


La iglesia de Cornellá.


El nuevo estadio del Español de Barcelona en la zona baja de Cornellá, visible al entrar por la línea del AVE en las cercanías de Barcelona.



La fachada original de Gaudí, declarada Patrimonio de la Humanidad. Para quitarse el cráneo con áquel genio.


El interior de DisneyWorld que se han inventado, a saber si fiel a la idea del genio barcelonés.


Y para cerrar el mensaje de mis paisanos al partido y cachorros del ex-Molt Execrable de Jordi Pujol;



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