Aquí va otra entrada singular sobre nuestra reciente visita a Nueva Zelanda. Algunos se preguntan sobre los efectos de la globalización. Yo hoy os vengo a contar uno quizás no muy conocido: kilómetros y kilómetros de carretera en Nueva Zelanda sin avistar más que un par de pobres rebaños ovinos.
Este pequeño país es conocido por relativamente pocas cosas: el rugby, la Copa América, etc; pero una de ellas era la enorme cantidad de ovejas por habitante que pastaban por sus verdes colinas. Unos 70 millones de ovejas en 1982 para una población de unos 4 millones de habitantes. Pero las cosas han cambiado, incluso algo perceptible en un par de visitas de turismo separadas por 3 años. En efecto, 2015 cerró con el número más bajo de ovejas en Nueva Zelanda desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
A día de hoy tan solo hay 29,6 millones de ovejas para una población de 4,5 millones de personas. Es curiosa esta historia. Desde que el transporte refrigerado se hizo popular allá por el final del siglo XIX, las exportaciones de lana y carne de cordero a Gran Bretaña fueron las exportaciones más importantes de los kiwis; algo que se frenó bruscamente con la entrada de Reino Unido en la UE. Sin embargo, NZ se ha sabido reinventar y suplir las infinitas necesidades de productos lácteos y carne de ternera del gigante chino, hasta tal punto que las ovejas han sido sustituidas por vacas y la mayor empresa del país es la cooperativa Fonterra, https://es.wikipedia.org/wiki/Fonterra, el mayor productor de lácteos del mundo y que exporta el 95% de su producción, sobre todo a China, gracias a la magia del acuerdo de libre comercio entre los kiwis y del dragón rojo.
Siendo un tanto injustos, he de decir que el aumento en el número de vacas a costa de ovejas le quita encanto a ese país. Será porque a las amigas bobinas las tengo muy vistas en las tierras colmenareñas, pero qué queréis que os diga, algo se está perdiendo en Nueva Zelanda al no poder ver las colinas color verde esmeralda cubiertas por miles de diminutos puntitos blancos; aunque siempre quedarán excepciones...
Os quieren. Marta y Jorge.
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