El día amaneció nublado y con una humedad de esas que te calan hasta los huesos. Afortunadamente era verano y el mercurio no perdonaba a pesar del plomizo cielo. Nos levantamos de la cama improvisada que organizamos en el salón de una casa medio vacía y nos fuimos a desayunar a nuestro café favorito. A ese café donde nos tomábamos cronuts hasta relamernos los dedos. Como era 22 de enero de 2016 y no un día cualquiera, me pedí un desayuno donde no faltaron ni los huevos revueltos, ni el bacon, ni por supuesto un cafecito flat white. Con el estómago saciado, volvimos a casa a terminar de limpiar y tener todo a punto para la inspección final del apartamento. Allí estuvimos toda la mañana con el estropajo en la mano sudando de lo lindo limpiando azulejos, cristales y moquetas; esmerándonos por dejar todo reluciente para evitar que nos quitaran dinero de la fianza del piso. Llegó la inspección final, mucho más exhaustiva de lo que habíamos previsto, y salvo algunos pequeños toques a retocar de los típicos sitios en los que ni te fijaste el día que entraste, todo correcto. Con las camisetas empapadas en sudor nos fuimos a comer por última vez al mall. Un pescadito a la plancha de la pescadería, algo ligero, algo sin pretensiones. También pasamos por el banco a dejar los últimos cabos bien atados y de vuelta a casa a dar los últimos repasos, cerrar las maletas y tirar la basura. Derrengados y con todo listo, la última ducha antes de salir para el aeropuerto. En ese preciso momento empezó a diluviar de tal manera, que cualquiera hubiera pensado que la tierra se había dado la vuelta y el mar ocupaba el lugar del cielo. Sydney llora porque nos vamos - dijo Marta. Quizás así fuera. Ya solo quedaban minutos para que el taxi que la empresa me había puesto nos viniera a recoger. Sacamos las maletas al pasillo y nos despedimos de nuestra casa. El apartamento 739 del número 2 de Marquet St en Rhodes, NSW. Los quince metros que separan la puerta del apartamento del ascensor se me hicieron eternos. Mientras a Marta se le escapaba una lágrima, yo no fui capaz de emitir ni una palabra, ni un mísero sonido. Mi boca se abrió y emitió la nada. Silencio y sollozos hacia una etapa nueva, siempre sin mirar atrás. Allí dejábamos cuatro años de felicidad, de confidencias y sobre todo de alegría. Porque sí amigos lectores, fuimos felices, muy felices y plenos durante toda esta etapa australiana. Quizás, el trabajo nunca fue lo que me contaron ni lo que yo esperaba, pero nuestros paseos interminables al borde de la bahía bien valían la pena. Ya más compuestos y con el mar cayendo del cielo de Sydney, en el taxi recordamos todos los buenos momentos que vivimos. Las risas con los que nos vinieron a visitar, lo que hemos crecido como personas en este tiempo, el conocimiento inconmensurable que hemos adquirido en mil y una facetas, desde distinguir los diferentes tipos de Udon, hasta saber lo que es un billabong, etc. Me sentía como un peregrino que llega a la meta con la suela de las botas completamente desgastadas. Triste, muy triste de dejar una vida que amaba y a un puñado de buenos amigos impagables, amigos para toda la vida; pero a la vez alegre e ilusionado por poder intentar hacer lo que quiero en la vida. Y amigos lectores, quizás nunca haya viajado a Burundi, pero sé de sobra que soy un privilegiado en la vida. No se me olvida ninguna mañana cuando saco un pie de la cama. Finalmente, el check-in en el aeropuerto, el envío de la maleta extra que nos prestó César y los controles de seguridad, punto nada nimio para alguien que lleva siete meses sin afeitarse. Estás más guapo sin barba - me dijo el agente de inmigración mientras me daba paso hacia el duty free del aeropuerto. Así, derrengados, tristes y contentos llegamos al final del día 22 de enero de 2016. No era un día cualquiera, era el día que dejamos Sydney, Australia tras cuatro años viviendo allí. Inolvidable. En nuestro corazón llevaremos siempre un trocito de aquel paraíso que esperamos poder visitar una vez más a lo largo de la vida. Por delante veinticinco horas de vuelo, con clear air turbulences, emergencias médicas (en un revival de la película Aterriza Como Puedas, las azafatas preguntaron si había algún médico entre el pasaje para ayudar), retrasos, aterrizajes abortados y más turbulencias.
Así amigos lectores fue nuestro último día en Sydney. Pero no os preocupéis, no pienso dejar la escritura en este blog. Hablaremos de cosas de allí, de aquí y de la aventura de eso que ahora denominan 'ser emprendedor'.
Cierro con una canción. Le dí muchas vueltas a cual escoger. Me acordé de la fuerza de las letras de Eminen, el rapero blanco que triunfó en USA. Uno no se de cuenta de la dimensión del rap hasta que no pisa y vive un suburbio de Norte América. Yo tuve que esperar a pasar un verano en Toronto allá por el 2006 para vivirlo en primera persona. Y como buen chaval de los suburbios, esta vez de Madrid, no pude evitar acordarme de esta canción que da en el clavo, como casi siempre.
Os quiero familia, esta vez desde bien cerca.
Look, if you had, one shot, or one opportunity
To seize everything you ever wanted. In one moment
Would you capture it, or just let it slip?
....
So here I go it's my shot.
Feet, fail me not
This may be the only opportunity that I got
You can do anything you set your mind to
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