domingo, 3 de mayo de 2015

El combate del siglo

Hoy domingo 3 de Mayo, hora local en Australia, era una fecha señalada para los aficionados al boxeo. Alguna vez os he confesado en estas líneas que yo me encuentro entre ellos. No tengo explicación racional para explicar por qué de vez en cuando me paso un tiempo delante del ordenador viendo a dos personas pegarse por dinero. Quizás, por mucho que lo evitemos, nuestros instintos animales de siglos y siglos de evolución sigan latentes en nuestro subconsciente. Quizás no hayamos evolucionado tanto desde los tiempos de los romanos. Panem et circenses, que decían ellos. Más de dos mil años después, el mundo bullía alrededor de un cuadrilátero en Las Vegas, Nevada, cual coliseo romano.

El combate del siglo enfrentaba a los dos mejores boxeadores de los últimos años. El imbatido Floyd Mayweather contra Manny Pacquiao. El americano persiguiendo la leyenda de Rocky Marciano. El filipino intentando elevarse a los altares de su país ya de por sí rendido a sus pies. Para que os hagáis una idea de la magnitud del evento, menciono algunas cifras que he ido leyendo a lo largo de los últimos días. Trescientos millones de dólares de bolsa garantizada para ambos púgiles, más los derechos del pay-per-view. La flor y nata de los famosos de medio mundo en el estadio; famosos que han llegado a pagar hasta $100,000 por una entrada. ¡Ni la final del mundial de fútbol mueve tanto dinero! ¡Ni la Súper Bowl! Nada. Quizás hoy haya sido el evento deportivo más importante de todos los tiempos. Y no solo por las cifras mareantes de dinero alrededor del combate. La dimensión social de alguien como Manny Pacquiao es difícil de asimilar en la vieja Europa. The proud of the Philippines, el orgullo de las Filipinas, parlamentario, cantante y ante todo leyenda del boxeo. Se estima que más del 90% de la población en Filipinas vió el combate. Dicen que cuando él lucha no hay crímenes en las calles. Uno hasta que no lo ve no lo cree, pero es un verdadero gigante social a pesar de sus 1,69m de altura. Un ejemplo de superación como los hay pocos. Un chico que nació en la zona pobre de un país ya de por sí pobre. Una persona que vió con sus propios ojos como su padre tenía comía perros para poder sobrevivir y que ha llegado al cielo de las leyendas del deporte.

Como no podía ser de otra manera, esta pelea no me la podía perder por nada del mundo. Quizás, pensaba para mí mismo, fuera la próxima Rumble in the Jungle, aquel legendario combate entre Foreman y Alí en Kinsasha en el 74, y lo tenía que ver con mis propios ojos para contárselo a mis nietos. Y como soy un tipo con mucha suerte en la vida, allí que nos fuimos con los amigos filipinos a ver el combate del siglo. El pueblo filipino es un tanto desconocido en España a pesar de nuestro pasado en común; pero son unos auténticos fenómenos. Temperamentales, de sangre caliente como nosotros, pero trabajadores como pocos. Deberíamos aprender los demás mucho de su forma de ver la vida, porque todavía no he visto a ningún filipino dejar de sonreír aún cuando pintan bastos. El caso es que no me preguntéis cómo, pero acabamos Marta y yo en una casa con 35 filipinos viendo el combate. Para tal ocasión, y para ganarnos a los anfitriones preparamos una empanada muy especial, con la bandera filipina estampada, además de una tarta de chocolate. No pudo ser y Manny Pacquiao perdió a los puntos, pero disfrutamos de lo lindo. Chillando como nunca, a pesar de que el combate no será recordado en los anales del boxeo.



Pero lo mejor lo dejo para el final. Al acabar la velada, continuamos la sobremesa en casa de los amigos que nos invitaron. Con unas guitarras en la mano, estuvimos cantando; cantando y escuchando. Escuchando canciones de este pueblo, tan desconocido y tan fascinante a la vez. No lo puedo negar, algo removió mi conciencia escuchando a mi amigo cantando guitarra en mano la canción Anak (hijo en filipino) de Freddie Aguilar que cierra esta entrada. Nunca ganaré los millones de Floyd Mayweather, pero ni falta que me hace. Mi alma crece, cual gigante Pacquiao, y vuela lejos, muy lejos habiendo conocido a tanta gente tan buena durante todos estos años por medio mundo. Y ya van treinta y dos. Gracias a todos por formar parte de mi vida de una forma u otra. Nunca me cansaré de daros las gracias. Pacquiao no ganó, pero mi alma voló libre. Tan alto como pocas veces lo he sentido. Gracias.


PS: Felicidades a todas las madres que lean este blog. Creo que la canción además va como anillo al dedo para este día. Aquí va la traducción desde el filipino al inglés.


Os quieren, vuestros hijos Marta y Jorge.

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